Teología de la eucaristía
Se pueden considerar cinco cosas principales que han sido objeto de
la reflexión teológica acerca de la eucaristía: la institución del
sacramento, la eucaristía como sacrificio incruento, la eucaristía como
presencia real de Cristo, la eucaristía como comunión y la eucaristía
como prenda de la gloria futura.
Institución del sacramento
La teología católica considera a la eucaristía como un sacramento instituido por Jesucristo durante la Última Cena.
La Iglesia católica afirma que la institución de la eucaristía por Jesucristo, tal como lo relatan los evangelios sinópticos, se realizó cuando tomando en sus manos el pan, lo partió y se los dio a sus discípulos diciendo:
Tomad y comed, este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Del mismo modo, tomó el cáliz y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
Ahora bien, esto se dio, según los relatos evangélicos en un contexto amplio:
- Cena Pascual: según los evangelios sinópticos la institución se da en el transcurso de la cena pascual (Mateo 26:17-25; Marcos 14:12-21; Lucas 22:7-18).
- La Iglesia católica entiende que la eucaristía fue prefigurada ya en el Antiguo Testamento, especialmente en la cena pascual, celebrada por los judíos, donde consumían pan sin levadura, carne de cordero asada al fuego y hierbas amargas.
- Los elementos principales de la celebración de la Pascua judía se encuentran en los siguientes textos bíblicos: Ex 12:1-8; Dt 16; Lv 23:5-8; Nm 28:16-25.
- San Pablo considera la muerte de Jesús en cruz en clave pascual: «Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado» (1Cor 5:7). Lo mismo hace San Juan Evangelista al aplicar a Cristo la frase referida al Cordero Pascual: «no se le quebrará hueso alguno» (Éxodo 12:46) en Juan 19:36.
- La Pasión. En el relato de la institución de la eucaristía, Jesús anuncia su propia muerte violenta: habla de «mi cuerpo, que será entregado», «el cáliz de mi sangre, que será derramada».
- Servicialidad mutua. De acuerdo con el relato del evangelista Juan, antes de la cena Jesús lavó los pies a sus discípulos y mandó a todos ellos que siguieran ese ejemplo de servicialidad (Juan 13:1-20), amándose como él los amó (Juan 15:12).
Eucaristía como sacrificio
La Iglesia Católica cree que en cada eucaristía se hace presente («se
re-presenta») el sacrificio que Cristo hizo en la cruz de una vez para
siempre, se perpetúa su recuerdo a través de los siglos y se aplica su
fruto.
Y que el sacrificio de la cruz y el sacrificio de la eucaristía son un
único sacrificio, ya que tanto en uno como en otro, Cristo es el
sacerdote que ofrece el sacrificio y la víctima que es ofrecida. Se
diferencian solo en la forma en que se ofrece el sacrificio. En la cruz
Cristo lo ofreció en forma cruenta, y por sí mismo, y en la Misa en
forma incruenta y por ministerio de los sacerdotes.
En los Padres de la Iglesia
La Didajé, el escrito más importante de los Padres apostólicos,
hace la siguiente advertencia: «Reuníos el día del Señor y romped el
pan y dad gracias después de haber confesado vuestros pecados, a fin de
que vuestro sacrificio (thusía) sea puro».
San Ignacio de Antioquía
(f. hacia 107) indica el carácter sacrificial de la eucaristía
tratando, en un mismo texto, de la eucaristía y el altar; y el altar
como sitio donde se ofrece el sacrificio (thusiastérion): «Tened, pues,
buen cuidado de no celebrar más que una sola eucaristía, porque una sola
es la carne de nuestro Señor Jesucristo, y uno solo el cáliz para la
reunión de su sangre, y uno solo el altar, y de la misma manera hay un
solo obispo con los presbíteros y diáconos».
San Justino Mártir
(f. hacia 165) considera como figura de la eucaristía aquel sacrificio
de flor de harina que tenían que ofrecer los que sanaban de la lepra. El
sacrificio puro profetizado por Malaquías, que es ofrecido en todo
lugar, no es otro —según el santo— que «el pan y el cáliz de la
eucaristía».
San Ireneo de Lyon
(f. hacia el 202) enseña que la carne y la sangre de Cristo son «el
nuevo sacrificio de la Nueva Alianza», «que la Iglesia recibió de los
apóstoles y que ofrece a Dios en todo el mundo». Lo considera como el
cumplimiento de la profecía de Malaquías.
Tertuliano
(f. después de 220) designa la participación en la solemnidad
eucarística como «estar junto al altar de Dios», y la comunión como
«participar en el sacrificio».
San Cipriano
(f. 258) enseña que Cristo, como sacerdote según el orden de
Melquisedec, «ofreció a Dios Padre un sacrificio, y por cierto el mismo
que había ofrecido Melquisedec, esto es, consistente en pan y vino, es
decir, que ofreció su cuerpo y su sangre».
«El sacerdote, que imita lo que Cristo realizó, hace verdaderamente las
veces de Cristo, y entonces ofrece en la iglesia a Dios un verdadero y
perfecto sacrificio si empieza a ofrecer de la misma manera que vio que
Cristo lo había ofrecido».
San Ambrosio
(f. 397) enseña que en el sacrificio de la misa Cristo es al mismo
tiempo ofrenda y sacerdote: «Aunque ahora no se ve a Cristo
sacrificarse, sin embargo, Él se sacrifica en la tierra siempre que se
ofrenda el cuerpo de Cristo; más aún, es manifiesto que Él ofrece
incluso un sacrificio en nosotros, pues su palabra es la que santifica
el sacrificio que es ofrecido».
En la Edad Media
Pedro Lombardo
afirma en el libro de Sentencias: «lo que es ofrecido y consagrado por
el sacerdote se llama sacrificio y oblación porque es memoria y
representación del verdadero sacrificio y de la santa inmolación hecha
en el altar de la cruz. Una sola vez murió Cristo y en ella se inmoló a
sí mismo; pero es inmolado cada día en el sacramento, porque en el
sacramento se cumple la memoria de cuanto ha sido realizado una sola
vez».
Santo Tomás de Aquino
resuelve distintas objeciones al carácter sacrificial de la Eucaristía,
continuando la doctrina de los Padres y afirmando la identidad del
sacrificio eucarístico con el realizado por Cristo en la cruz.
En la Reforma Protestante
Hasta la Reforma Protestante, en dieciséis siglos de cristianismo, nunca se había dado un ataque directo a la doctrina del sacrificio eucarístico.
Martín Lutero
afirma que, dado que el hombre solo es justificado por Dios a través de
la fe y no de las obras, la misa es una obra humana más sin mayor
eficacia que el de aumentar la fe.19
El sacrificio de Cristo es uno solo y la misa es un don recibido, no
una ofrenda sacrificial que podamos dar a Dios. Por ello, abolió el
canon romano y las misas privadas, dejando solo el recuerdo de la Cena.20
Ulrico Zwinglio,
partiendo también del hecho de que el sacrificio de Cristo es único,
afirma que la misa es solo un recuerdo del sacrificio, una garantía de
la redención que nos obtuvo el Señor.21
Juan Calvino afirma no solo la unicidad del sacrificio, sino también del sacerdote que excluye cualquier sucesor o vicario.22
Las últimas ediciones de su libro Institución de la religión cristiana
admiten que la misa sea sacrificio pero de alabanza y acción de gracias,
nunca de propiciación23
Recientemente algunos reformadores han vuelto a considerar la
teología del sacrificio eucarístico y en los documentos teológicos
elaborados entre católicos y luteranos o anglicanos hay diversas
posiciones más o menos cercanas, aunque todavía no comunes. [cita requerida]
En la Contrarreforma
La Iglesia Católica, abordó, en el Concilio de Trento,
la controversia con los protestantes sobre el carácter sacrificial de
la Misa. Sus definiciones fueron aprobadas en la sesión XXII (17 de
setiembre de 1562).24
El Concilio menciona que las mismas se basan en «esta antigua fe,
fundada en el sacrosanto Evangelio, en las tradiciones de los Apóstoles y
en la doctrina de los Santos Padres».
Algunas de sus definiciones fueron:
- La Misa es un verdadero y propio sacrificio que se ofrece a Dios.
- Dicho sacrificio es representación y memorial del sacrificio hecho en la cruz por Cristo, por el que su eficacia saludable se aplica para la remisión de los pecados.
- El oferente y el ofrecido tanto en la misa como en la cruz es el mismo Jesucristo. La diferencia está dada porque en la cruz el ofrecimiento fue cruento y en la misa incruento y porque en la cruz Cristo hizo el ofrecimiento por sí mismo, y en la misa, por ministerio de los sacerdotes.
- Se trata de un sacrificio visible, como según el Concilio exige la naturaleza humana.
- Su institución fue realizada por Cristo mismo, cuando dijo: «haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19; 1 Cor 11,24).
En el magisterio reciente
Pío XII en la encíclica Mediator Dei, retoma la doctrina tridentina del sacrificio eucarístico:
- su institución
- su carácter de verdadera renovación del sacrificio de la cruz. A este respecto recordará:
- la identidad del sacerdote y la víctima (Jesucristo)
- la diferencia en el modo de su ofrecimiento (cruento e incruento). Sobre este punto menciona:
la divina sabiduría ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias a la transustanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, así como está realmente presente su cuerpo, también lo está su sangre; y de esa manera las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del cuerpo y de la sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte, que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar, ya que, por medio de señales diversas, se significa y se muestra Jesucristo en estado de víctima.
Mediator Dei, n. 89
-
- la identidad de fines del sacrificio de la cruz y del eucarístico: la glorificación de Dios, la acción de gracias, la propiciación por nuestros pecados y los de todo el género humano, vivos y difuntos y la impetración de la gracia y bendición de Dios.
- el valor infinito del sacrificio divino.
- la necesidad de la colaboración de los fieles en el sacrificio eucarístico. Sin embargo, sobre este punto remarcó la diferencia entre el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y el sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden Sagrado.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, puntualizó:
Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.
Sacrosanctum concilium, n. 47
Pablo VI en la encíclica Mysterium fidei subraya la ofrenda de la Iglesia como parte del sacrificio:
la Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa, y toda entera se ofrece en él. [...] Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz. Pues cada misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo.
Mysterium fidei, n. 4
El mismo Papa, en el Credo del Pueblo de Dios, expresó:
Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares.
Credo del Pueblo de Dios, n. 24
Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, mencionó que en la eucaristía:
está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.
Ecclesia de Eucharistia, n. 11
El Catecismo de la Iglesia Católica ha rescatado todos los elementos que se han ido recorriendo, exponiéndolos de esta manera:
La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia,
pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su
sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en
la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de
la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.
La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la
obra de la salvación realizada por la vida, la muerte y la resurrección
de Cristo, obra que se hace presente por la acción litúrgica.
Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la nueva Alianza, quien,
por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y
es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del
pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico.
Solo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la
Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el
Cuerpo y la Sangre del Señor.
En cuanto sacrificio, la Eucaristía es ofrecida también en reparación
de los pecados de los vivos y los difuntos, y para obtener de Dios
beneficios espirituales o temporales.
Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la
prenda de la gloria que tendremos junto a él: la participación en el
Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras
fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida
eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa
Virgen María y a todos los santos.
Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis se ha expresado así:
Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del Padre desde la creación del mundo, como se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.
n. 10
Eucaristía como presencia real
La Iglesia Católica afirma que el pan y el vino al ser consagrados se
convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, respectivamente, pese a que
los dos elementos (pan y vino) conservan sus accidentes (color, olor,
sabor, textura, etc). Esta conversión es llamada «transubstanciación».53
La Iglesia cree que todo Cristo, vivo y entero, con su cuerpo, su
sangre, su alma y su divinidad, está presente en ella, de una forma
verdadera, real y sustancial.54
Por ello, al creer que la Eucaristía es Cristo mismo, la Iglesia adora a Cristo en este sacramento55
En virtud de esto, entiende que la eucaristía se destaca del resto de
los sacramentos ya que mientras ellos tienen la misión de santificar, en
la eucaristía se halla el autor mismo de la santidad.56
La Iglesia cree que esta presencia permanece mientras las apariencias
de pan y vino se mantienen, y que Cristo está presente todo entero en
cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a
Cristo.57
Las Iglesias de Comunión Anglicana, sostienen que el pan y el vino
una vez consagrados, son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sin analizar
qué pasa con las substancias primarias, simplemente en las palabras del
Señor Jesús: «Este pan es mi Cuerpo», «este vino es mi sangre», por eso
se le considera, Jesucristo Sacramentado, Presencia Real del Señor Jesús
en el Sacramento del Altar. [cita requerida]
La iglesia luterana, por su parte, confiesa que en el sacramento el
cuerpo y sangre de Cristo subsiste junto con los elementos de pan y
vino, denominándose esta teoría «consustanciación». [cita requerida]
La mayoría de iglesias reformadas (bautistas, pentecostales, etc),
creen que el pan y el vino no cambian y solo utilizan la eucaristía como
una rememoración de la Última Cena. [cita requerida]
En los Padres de la Iglesia
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, los Padres de la Iglesia
afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra
de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar la conversión del
pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo. A continuación algunos ejemplos:
San Ignacio de Antioquía
(f. entre 98 y 117) expresa su fe en distintas cartas escritas a las
comunidades cristianas rumbo a su martirio: «Ellos (los docetas) no
reconocen la Eucaristía como la carne de Jesucristo, nuestro Salvador,
que ha sufrido por nuestros pecados y el Padre benignísimamente ha
resucitado».
«Procurad serviros provechosamente de la única Eucaristía: una es, en
efecto, la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz para la
unidad de su sangre».
San Justino (f. entre 162 y 168) en su Apologia Primera
escribe: «Este alimento es llamado por nosotros Eucaristía, y a ninguno
le es lícito participar, si no a quien cree que nuestras enseñanzas son
verdaderas, si es purificado con el baño para la remisión de los
pecados y la regeneración, y vive así como Cristo ha enseñado. De hecho,
nosotros lo tomamos no como pan común y bebida común; sino como
Jesucristo, nuestro Salvador que se encarnó, por la palabra de Dios tomó
carne y sangre para nuestra salvación, así hemos aprendido que también
aquel alimento, consagrado con la plegaria que contiene la palabra de él
mismo y de quien se nutren nuestra sangre y nuestra carne, es por
transformación carne y sangre de aquel Jesús encarnado. En efecto, los
Apóstoles en su memorias llamadas evangelios, transmitieron que les fue
dejado este mandamiento por Jesús, el cual tomo el pan...».
San Ireneo de Lyon
(f. hacia 200): «Así como el pan terreno recibiendo la invocación de
Dios no es ya el acostumbrado pan, sino la Eucaristía, compuesta de dos
elementos, terreno y celeste, así también nuestros cuerpos recibiendo la
Eucaristía no son ya corruptibles, teniendo la esperanza de la
resurrección».
San Ambrosio
(f. 397): «Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la
naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de
que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por
la bendición la naturaleza misma resulta cambiada...La palabra de
Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar
las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a
las cosas su naturaleza primera que cambiársela».
San Juan Crisóstomo
(f. 407): «Cuánta gente dice hoy: ‘Querría ver a Cristo en persona, su
cara, sus vestidos, sus zapatos’. ¡Pues bien, en la eucaristía es a él
al que ves, al que tocas, al que recibes! Deseabas ver sus vestidos; y
es él mismo el que se te da no sólo para verle, sino para tocarlo,
comerlo, acogerlo en tu corazón».64
En la Edad Media
En el medioevo la reflexión fue más rica en matices debido al influjo
de la escolástica. Hubo tendencias de realismo exagerado de tipo
físico: la carne de Cristo en la eucaristía sería absolutamente la misma
que tuvo tras su encarnación y la Misa sería un caso de antropofagia
querida por Dios. A los seguidores de esta línea se les llamó
«cafarnaitas». 65
También se abrió paso la teología del símbolo sacramental que
distinguía entre la presencia del cuerpo y de la sangre del Señor tras
su encarnación y el modo de su presencia sacramental. Berengario de Tours
fue todavía más allá subrayando de manera extrema el simbolismo. La
Iglesia católica en diversos sínodos condenó la posición de Berengario y
se le obligó a suscribir profesiones de fe algunas de las cuales se
iban al otro extremo.
Hay que esperar al siglo XIII para una reflexión teológica más equilibrada. De manos principalmente de Santo Tomás de Aquino
se abre paso la afirmación de la presencia real y sacramental. Con la
ayuda de la filosofía aristotélica –en especial la distinción entre
sustancia y accidentes– se elabora la teología de la
«transubstanciación». Tomás de Aquino trata teológicamente del tema en la tercera parte de la Summa Theologiae, cuestiones 75 a 77; y de manera espiritual y con lirismo en los himnos que es bastante probable que haya compuesto para la misa de Corpus Christi, solemnidad instituida por el Papa Urbano IV tras el milagro de Bolsena. En el IV Concilio de Letrán
se consagra la terminología escolástica: « Jesucristo, cuyo cuerpo y
sangre se contiene verdaderamente en el sacramento del altar bajo las
especies de pan y vino, después de transustanciados, por virtud divina,
el pan en el cuerpo y el vino en la sangre…». También en el II Concilio de Lyon:
« El sacramento de la Eucaristía lo consagra de pan ázimo la misma
Iglesia Romana, manteniendo y enseñando que en dicho sacramento el pan
se transustancia verdaderamente en el cuerpo y el vino en la sangre de
Nuestro Señor Jesucristo».
John Wyclif rechaza la teoría de Santo Tomás de Aquino
de la transubstanciación. Él no acepta la desaparición de la sustancia
del pan y del vino ni tampoco la permanencia de los accidentes sin
sujeto de inhesión. Para él la presencia de Cristo en la Eucaristía es
sacramental o en signo, de manera virtual. Estas proposiciones fueron
condenadas por los Concilios locales de Oxford, Canterbury y Londres de
1382. 7Estas condenas fueron ratificadas en el Concilio ecuménico de Constanza.
En la Reforma
Todos los reformadores coincidieron en que Cristo no permanece en el
pan y vino consagrados terminada la Misa, que no debe ser adorado en los
mismos, y que por lo tanto no deben ser guardados. Sin embargo, ellos mantuvieron significativas diferencias entre sí:
- Lutero siempre afirmó la presencia real de Cristo, aunque desechó por completo el dogma de la transustanciación, por considerarlo una «sofisticada especulación» En su postura, el pan y el vino no dejan de ser tales, sino que el Cuerpo y Sangre de Cristo están juntamente con ellos. Se ha llamado a esta teoría «consustanciación» o «impanación» aunque él nunca la ha llamado por estos nombres.
- Zuinglio, Karldstadt y Ecolampadio afirmaban una presencia meramente simbólica.
- Calvino admite una cierta presencia («virtus spiritualis») durante la celebración de la cena pero relacionada con la fe.
- Los anabautistas consideraron que la realidad del cuerpo y la sangre de Cristo en la celebración de la Cena no está determinada por una transubstanciación, sino porque la comunidad cristiana es el cuerpo de Cristo. que efectivamente comparte un mismo alimento; y es su sangre porque cada integrante de la comunidad cristiana también ama como Cristo amó, hasta entregar la vida por los demás. Así el vino y el pan que se parte en la Cena, son unión comunitaria con la sangre de Cristo y participación de su cuerpo, de manera que los que comparten el mismo alimento son un solo cuerpo ICor 10:16-17, del cual Cristo es cabeza Ef 1:22-23 Col 1:18.
En la Contrarreforma
El tema se abordó en la sesión XIII del Concilio de Trento en el año 1551, donde se aprobó el Decreto sobre la Santísima Eucaristía.
El propósito del Concilio fue presentar la doctrina católica,
rebatiendo las proposiciones de los reformadores. Según sus
definiciones, la presencia de Cristo en el sacramento no es en signo o
figura (Zuinglio, Ecolampadio), ni virtual (Calvino),
sino que queda fijada de esta forma: «en el santísimo sacramento de la
Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la
sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor
Jesucristo y, por ende, Cristo entero».
Distinguió entre presencia «natural» y «sacramental», según el
Concilio tan real como la primera: «Porque no son cosas que repugnen
entre sí que el mismo Salvador nuestro esté siempre sentado a la diestra
de Dios Padre, según su. modo natural de existir, y que en muchos otros
lugares esté para nosotros sacramentalmente presente en su sustancia,
por aquel modo de existencia, que si bien apenas podemos expresarla con
palabras, por el pensamiento, ilustrado por la fe, podemos alcanzar ser
posible a Dios y debemos constantísimamente creerlo. En efecto, así
todos nuestros antepasados, cuantos fueron en la verdadera Iglesia de
Cristo que disertaron acerca de este santísimo sacramento, muy
abiertamente profesaron que nuestro Redentor instituyó este tan
admirable sacramento en la última Cena, cuando, después de la bendición
del pan y del vino, con expresas y claras palabras atestiguó que daba a
sus Apóstoles su propio cuerpo y su propia sangre». Con esto evitó el super-realismo (cafarnaitas) y el simbolismo espiritualista (Berengario, Zuinglio, Ecolampadio).
Además definió la presencia en cada una de las dos especies, contra
todos los reformadores, que defendían la comunión bajo las dos especies.
Y el carácter permanente de esta presencia, contra los que la negaban
fuera de la comunión. Afirmó la validez del término «transustanciación»,
contra todos los reformadores, que negaban la validez del término y su
significado. Finalmente, extrae las consecuencias prácticas de lo
anterior: culto de adoración eucarístico, distribución de la eucaristía a
los enfermos fuera de la misa, reserva de la eucaristía terminada la
celebración.
En el magisterio reciente
El Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei reafirmó la presencia real y el culto eucarístico y en la encíclica Humani Generis condenó las posturas teológicas que hablaban de presencia simbólica.
El Concilio Vaticano II, según comenta José Aldazábal, no le dedicó ningún documento, solo un capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium,
mientras el Concilio de Trento dedicó nada menos que tres sesiones para
tratar el tema de la Eucaristía. Sin embargo, según puntaliza este
autor, lo interesante de este Concilio es que todo él está lleno de
alusiones a la Eucaristía como centro del misterio eclesial.
Asimismo, continúa, como fruto de las enseñanzas del Concilio, se ha
recuperado una visión conjunta de todos los aspectos del sacramento. Por
ejemplo, la presencia real y el culto, acentuados como punto central,
habían hecho pasar a un segundo plano la celebración y la comunión de
los fieles. Asimismo, una idea de sacrificio desligada de la categoría
de memorial, había acentuado la separación entre las dos dimensiones de
«sacrificio» y «sacramento».
Pablo VI en la encíclica Mysterium Fidei
repropuso las líneas principales de la teología tridentina y afirmó los
diversos modos de presencia de Cristo en su Iglesia, privilegiando el
eucarístico.
Asimismo, en el Credo del Pueblo de Dios
manifestó: «Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna
inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica,
debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas,
independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la
consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y
sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes
delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino,
como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la
unidad de su Cuerpo místico».
En el Catecismo de la Iglesia Católica, tras enumerar las distintas presencias de Cristo en su Iglesia,
se recuerda la singularidad de tal presencia en las especies
eucarísticas y aclara que se le llama real no porque las otras sean
irreales sino porque esta es por excelencia. Afirma además: «La
presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la
consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies
eucarísticas»,94 para tratar luego las consecuencias que de ello se derivan hacia el culto de la Eucaristía fuera de la Misa.
San Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia,
subrayó que «la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa
solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis
el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo
se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor:
"He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del
pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta
presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la
Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia
la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días,
llenándolos de confiada esperanza».
Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis
comenzó la misma expresando: «Sacramento de la caridad, la Santísima
Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el
amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se
manifiesta el amor "más grande", aquel que impulsa a "dar la vida por
los propios amigos" (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús "los amó hasta el
extremo" (Jn 13,1). Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto
de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz,
ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en
el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos « hasta el extremo»,
hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el
corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante
aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón
el Misterio eucarístico!».
La Última Cena fresco en Milán (1498), de Leonardo da Vinci.
Eucaristía como comunión
Del latín communĭo, el término comunión hace referencia a participar en lo común.97
Según comenta Joan M. Canals, «la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II
ha restaurado la participación activa de los fieles en la celebración»,
«la oración ante la presencia santa es plegaria de comunión con Cristo y
con los hermanos expresada en solidaridad y caridad».
El Catecismo de la Iglesia Católica expresa que «La Iglesia es
"comunión de los santos": esta expresión designa primeramente las "cosas
santas" ["sancta"], y ante todo la Eucaristía, "que significa y al
mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo
cuerpo en Cristo" (LG 3)»
En los Hechos de los Apóstoles,
se relata la experiencia de la primera comunidad cristiana, que une la
celebración de la fracción del pan a sus compromisos de comunión hasta
la condivisión de los bienes: «Todos se reunían asiduamente para
escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en
la fracción del pan y en las oraciones (…) Todos los creyentes se
mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y
sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades
de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo,
partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de
corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y
cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían
salvarse.»
En la época patrística también encontramos muestras de la relación
entre Eucaristía y la unión de la comunidad cristiana. Recordemos esta
cita de san Ignacio de Antioquía:
«Procurad serviros con fruto de la única Eucaristía; una es, en efecto,
la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz por la unidad de su
sangre, uno el altar como uno el obispo con los presbíteros y diáconos,
mis cofrades, a fin de que todo lo que hagáis lo hagáis según Dios».
Santo Tomás de Aquino
subraya que la gracia de la Eucaristía es la «unidad del Cuerpo
Místico», la comunión con Cristo y entre nosotros, la unidad del pueblo
cristiano.
A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma los siguientes frutos o efectos de la comunión:
- La comunión acrecienta la propia unión con Cristo.
- La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia.
- La comunión entraña un compromiso en favor de los pobres.
En la teología de la liberación
La teología de la liberación enfatiza el contexto de persecución e inminencia de la muerte que celebró Jesús con los suyos la Última Cena.
Se ve alegría por la nueva alianza y la salvación y tristeza por la
realidad de la muerte. Este conflicto no impide la celebración sino que
se supera con el amor de la comunión. La Cena es el compartir de quienes
se han reconciliadado y están entregando su vida por la reconciliación
entre los humanos y así, de todos con Dios. Por ello la Eucaristía no
debe seguir siendo manipulada para expresar una reconciliación
inexistente. Como en Hechos 2:37-47 la fracción del pan debe estar unida a la comunión de bienes materiales y a la unión de corazones, la oración y el Espíritu
Eucaristía como prenda de la gloria futura
Según el evangelio de San Juan, Cristo ha prometido la vida eterna a los que lo reciben en este sacramento:
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
En una antigua oración se dice:
¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!
Del Oficio de Corpus Christi
En la oración citada se menciona un orden de tiempo, tres
perspectivas: presente («el alma se llena de gracia»), pasado («memorial
de su pasión») y futuro («prenda de la gloria futura»), que es el
objeto de esta sección.
Según comenta Josep M. Rovira Belloso, «la fuerza de la Eucaristía
consiste en anticipar la presencia de Cristo, término final de toda
historia humana. Más aún, nos impele hacia aquel final que solamente
llegará con la colaboración de la libertad responsable de los seres
humanos. Para poder ser anticipación, el sacramento está arraigado en
Cristo: desde este futuro absoluto, que se encuentra "en la derecha del
Padre", Cristo es Señor del tiempo. La Eucaristía es, por tanto,
anticipación de la plenitud divina, que nos ha prometido y que esperamos
con fe. Es el advenimiento incoado de esa plenitud. El Señor ha querido
anticipar entre sus amigos su presencia y su gracia».
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «La Iglesia sabe que, ya
ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de
nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la
Eucaristía (...)mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro
Salvador Jesucristo».
«De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en
los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más
segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que
se celebra este misterio, "se realiza la obra de nuestra redención" (LG
3) y "partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto
para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre" (S. Ignacio
de Antioquía, Eph 20,2)».
Elementos de la Eucaristía
Pueden mencionarse la materia utilizada, la forma en que se realiza
la misma, el ministro que la lleva a cabo y los participantes de la
misma.
Materia
Se debe usar pan de trigo y vino de vid. En la Instrucción general del Misal Romano se confirma para el rito latino el uso del pan ácimo (sin fermentar), el cual debe ser de confección reciente. Los orientales han usado y usan pan fermentado, lo cual es aceptado como válido por la Sede Romana.
Para los fieles que padecen la enfermedad celíaca,
la Iglesia ha normado la elaboración de hostias «con la mínima cantidad
de gluten necesaria para obtener la panificación sin añadir sustancias
extrañas ni recurrir a procedimientos que desnaturalicen el pan».
Asimismo se ha dispuesto que «el fiel celíaco que no pueda recibir la
comunión bajo la especie del Pan, incluido el pan con una mínima
cantidad de gluten, puede comulgar bajo la sola especie del Vino».
El sacerdote que padece esta enfermedad, y no puede tolerar ni una
mínima cantidad de gluten no puede celebrar individualmente, pero sí,
con permiso del Obispo, concelebrar con otros sacerdotes y comulgar él
solamente bajo la especie del vino, aunque no puede presidir la
concelebración.
El vino para la celebración eucarística debe ser «del producto de la
vid» (cfr. Lc 22, 18), natural y puro, es decir, no mezclado con
sustancias extrañas.
Se mezcla con un poco de agua, de acuerdo a una costumbre antiquísima
que según algunos documentos se remonta al mismo Jesucristo. El agua
alude al agua y la sangre que salieron del costado de Cristo tras la
lanzada (cf. Jn 19 34) y a la unión del pueblo cristiano con Cristo.
Para los sacerdotes que por motivos de salud, no pueden tomar vino ni
aún en mínimas cantidades, está previsto, con permiso del Obispo, usar
mosto, es decir «el zumo de uva fresco o conservado, cuya fermentación
haya sido suspendida por medio de procedimientos que no alteren su
naturaleza (por ejemplo el congelamiento)».
Forma
La Iglesia Católica cree que el pan se convierte en el cuerpo y el
vino en la sangre del Señor en el momento más solemne de la misa llamado
consagración. En él, el sacerdote relata la escena de la institución del sacramento y repite las palabras usadas por Jesús, «esto es mi cuerpo», «esta es mi sangre», «haced esto en conmemoración mía»,
mencionadas anteriormente. La Iglesia enseña que «la fuerza de las
palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen
sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y
su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre».
Ministro
Solo el sacerdote válidamente ordenado puede celebrar válidamente la Eucaristía. En la Iglesia protestante el ministro designado [cita requerida]. Según la Instrucción general del Misal Romano, varios ministros pueden celebrar conjuntamente la Eucaristía. A este acto se le llama concelebración,
y según este documento, en ella «se manifiesta provechosamente la
unidad del sacerdocio y del sacrificio, como también de todo el pueblo
de Dios». La misma está mandada:
• en la bendición de un Abad
• en la Misa Crismal (Misa en que el Obispo bendice los óleos el Jueves Santo)
También –siempre según el mismo documento- es recomendada para:
• la Misa del Jueves Santo
• la Misa que se celebra en los Concilios, en las Reuniones de Obispos y en los Sínodos
• la Misa conventual
• la Misa principal que se celebra en las iglesias y en los oratorios.
• Para las Misas que se celebran en cualquier tipo de reuniones de sacerdotes, tanto seculares como religiosos
en la protestante se hace periódicamente en cualquier reunión.
Participantes
Si bien como se ha dicho que solo el sacerdote válidamente ordenado
puede realizar la consagración, la Iglesia enseña que la Eucaristía es
«fuente y cima de toda la vida cristiana», «compendio y suma de nuestra fe».
De ahí se desprende la obligación que imparte a sus fieles de
participar de la misma todos los domingos y fiestas de precepto, y de
recibir al menos una vez al año la comunión sacramental. Pero la Iglesia
recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los
domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos
los días.
La celebración eucarística se da en el contexto de una reunión. La
Iglesia cree que a la cabeza de la misma está Cristo mismo, que es el
actor principal. Como representante suyo, el obispo o presbítero preside la asamblea «in persona Christi capitis»
(«en la persona de Cristo Cabeza»). Todos los fieles tienen parte
activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que
presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo
«Amén» manifiesta su participación.
También recordaremos nuevamente aquí que «la Iglesia, al desempeñar
la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda
entera el sacrificio de la misa, y toda entera se ofrece en él»; «Porque
toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es
acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia».
En algunas iglesias Protestantes solo pueden participar los creyentess salvos y bautizados en agua. [cita requerida]
Desarrollo del rito
En la Primera Apología de Justino
(cc.LXV-LXVII) se describe la celebración eucarística con las
siguientes partes: liturgia de la palabra, homilía, oración de los
fieles, abrazo de la paz, presentación de los dones y plegaria
eucarística, comunión eucarística, comunión de bienes.
«65. Luego, al que preside a los hermanos, se le ofrece pan y un
vaso de vino, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del
universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo y pronuncia
una larga oración de gracias, por habernos concedido esos dones que de
Él nos vienen... Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado
todo el pueblo, los que entre nosotros se llaman "ministros" o
"diáconos" dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y
del agua sobre el que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los
ausentes.
66. Y este alimento se llama entre nosotros "Eucaristía", de la
que nadie es lícito participar, sino el que cree ser verdaderas nuestras
enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y
la regeneración, y vive conforme a lo que cristo nos enseñó... cuando
Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: "Haced esto en memoria mía,
éste es mi cuerpo". E igualmente tomando el cáliz y dando gracias,
dijo: "Esta es mi sangre", y que sólo a ellos les dio parte.
67. Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras
preces, y éstas terminadas, como ya dijimos, se ofrece pan y vino y
agua, y el presidente, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios
sus preces y acción de gracias y todo el pueblo exclama diciendo "amén".
Ahora viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de
los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío por medio
de los diáconos a los ausentes».
A partir del siglo III los testimonios acerca de la celebración de la
Eucaristía son cada vez más claros, sea en relación con el esquema
celebrativo que permanece sustancialmente el propuesto por Justino, sea
por los numerosos textos de plegarias eucarísticas para la celebración.
Tales textos contienen una verdadera catequesis teológica y de fe sobre
la Eucaristía. En el libro de las Constituciones apostólicas
se indica el orden de la celebración: liturgia de la palabra, oración
de los catecúmenos y abrazo de la paz (los catecúmenos se retiran),
presentación de los dones, anáfora o plegaria eucarística, comunión,
oración después de la comunión, oración de bendición y despedida.
La plegaria eucarística consta de los siguientes elementos:
- Acción de gracias que se expresa en el prefacio.
- Aclamación de alabanza del pueblo con el sanctus.
- La epíclesis para pedir la intervención del Espíritu Santo que transformará el pan en el cuerpo y el vino en la sangre del Señor.
- La narración de la institución con las palabras consacratorias.
- El memorial o anámnesis del misterio pascual de Cristo.
- La ofrenda de la Iglesia a través y junto con la víctima sagrada.
- Las peticiones e intercesiones por los vivos y muertos.
- La doxología final que glorifica a Dios.
En algunas iglesias protestantes o evangélicas se bendicen los
alimentos, se toman los elementos de la mano de ancianos o Diáconos, se
leen los pasajes donde es instituida, se participa y termina con
oraciones de adoración y acción de gracias.

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